CUADERNOS DE VIAJES (I)Hola amigos. Empiezo esta serie de viajes y aventuras imaginarias o no tanto, según si mire. Viajes alados por encima de todas las cosas y causas que mecen y duermen duermen a pueblos enteros con sus falaces nanas, armados de esas garras tan sutiles pero afiladas en poder de la insidia, el odio, la codicia y la opresión. Después de todo esto siempre queda la fuerza incontrolada y bella de la naturaleza y sus hijos bastardos pero nobles. Luego de todos estos vuelos siempre queda... La literatura. Un abrazo amigos, espero que os gusten estos apuntes.

Primero escuché a las golondrinas, inmersas en chillonas pláticas sobre el índice de precios al consumo, las hipotecas que penden de los nidos, lo caprichoso y abominable que resulta la meteorología en este país y, en fin, sobre todas esas cosas de las que, habitualmente, discutimos los pájaros. Luego, vienen otras conversaciones, otros gritos, otros sonidos que se entrecortan como si hubieran pedido turno y alguien se lo hubiera otorgado. Verderones, cogutas, palomos - y no palomas - henchidos de sexo, perdices sabiamente escondidas, abubillas, colorines y, entre todos, el majestuoso y mentiroso canto del cuco. Pero mis amigas las urracas todavía duermen nidos que no les corresponden. Siempre el más listo de los pájaros es el más ultrajado y engañado...
Quiero volar más alto. Quiero atravesar las deshilachadas nubes de los últimos chubascos, quiero flotar entre estos bastardos algodones que resultan del dibujo picassiano de un dios venido a menos. Desde la altura el olor a pasto mojado, del pasto del barbecho que empieza a amarillear, aun a sabiendas que eso significa el fin de la vida, revienta e inflama cualquier rincón de mi alma, de mis neuronas, de mi longeva memoria, como si fueran ascuas recién extraídas de las fraguas de vulcano. ¡Qué fragancia acuña mejor en nuestro espíritu el sentimiento de lo bueno, que esa rancia sublimación de las gotas de rocío sobre las hierbas de nuestros campos! ¡ Qué vino de pitarra, que todavía a estas horas no he bebido, puede transportarme a un estado de éxtasis más maravilloso que esa fragancia espontánea de la lluvia moribunda encima de la dehesa! la luz ha herido el lienzo del limbo, en el cual las cosas se materializan y los pensamientos permanecen constantes, sin avisar. Sin establecer un protocolo. La luz ha venido de repente, mutilando las tinieblas a su paso sin una excusa, sin una palabra de consuelo, sin una bendición. La luz aparece y no necesita ser presentada. Ella no está aquí para los humanos que dormitan en sus lechos y meditan, sin saberlo, grandes abominaciones pero, también, grandes bondades. La luz hace acto de presencia para las cosas y las causas del campo, del abertal, del barbecho, de la dehesa solitaria...

De los lejos, de la "mudiona", llega el ladrido quejumbroso e histérico de algún perro encerrado en una rutina que, seguramente, repudiaría. De lo lejos, de la "dehesa de la boticaria", ´también emana la cadencia musical de los cencerros de las reses. Las vacas te escrutan con sus enormes sabios ojos y parecen sonreír, como reprochándonos a los pájaros hiperactivos y a los, en exceso, ambiciosos humanos, lo ruín que es nuestra vida, y lo bien que se queda el cuerpo dentro del pausado trajín del rumiante de flores e ideas. Ningún animal es amigo del hombre, salvo el hombre. En la casucha casi derruida de "los joseones" habita un centenario fantasma renegado. Todo su afán es garabatear torpemente las paredes de su fortaleza con escuetas frases de amor a una amada que él mismo inventó. El fantasma sabe que este mundo no es de su mundo y, por ese motivo, rechina regularmente sus dientes y aulla en las noches de "pelua" y cielo demasiado estrellado. Este fantasma no pertenece a la especie humana, muy proclive, éste último, a las cadenas y al escándalo nocturno. Este fantasma es recatado, escribe poesía en las paredes y se emborracha con el cenagal de las aguas de la presa. Dentro de poco, ya ni siquiera será un fantasma... En la charnecosa, los caminos se estrellan de forma obcecada contra las derrumbadas paredes empedradas de las cercas. Contra las piedras oxidadas y abandonadas a su suerte que suspiran por alguna mano que, como a Lázaro, consiga resucitar. Descubro sendas de las que huye hasta el polvo, donde el céfiro del solano habla historias antiguas; historias de miles de sombras que vienen y van, que carraspean, que se saludan entre los albores de la mañana de manera recia y sincera; miles de sombras cargadas de aperos de labranza, dirigiéndose a sus huertos, a sus sembrados, a sus fincas.
Miles de sombras que vienen y van en busca de su grial, del caldo maravilloso que logrará salvarles, a ellos y a sus numerosos hijos. Miles de sombras en busca de su sombra. El céfiro de la mañana te trae estos anhelos, los primeros del día, los más puros e intensos, el deseo con el que te acuestas la noche anterior, con el que la noche fotografía tus recuerdos. Luego, la mañana, te dice otras cosas, y las millones de sombras que aventan los caminos de voces, de sudores recién estrenados y cánticos, desaparecen, y la arenilla que desprende la soledad ciega tus ojos. En este caso mis ojos redondos y, más bien, enanos. Pero este vuelo tiene un fin. Un objetivo. Tengo que llegar, como sea, a la Sierra del Puerto. Allí, debo saludar, sin falta, al pastor que habita la montaña más embrujada de la comarca desde hace miles de años. Mi último encuentro con él fue hace treinta años y, desde entonces, no he vuelto a verle, a saludarle. Treinta años es nada para un loro longevo. Deseo que para el pastor guardián de los secretos tampoco signifique mucho. ya llego al chamizo de barro, rodeado de cachos y jaras, de un sol alto que pugna por descubrir secretos que le son prohibidos. Allí encuentro al pastor, con su misma chaqueta de pana de antaño colgada del calamancho, con sus cabras desperdigadas por la loma sagrada.

Allí le encuentro, en la misma postura que años atrás, sentado. Con aquella sabia diminuta mirada brillante solo destinada a las sirenas que nos hablan sus sofismas en las noches de insomnio. Allí está, acuclillado, comiendo con parsimonia una sopa de tomate y un queso de la leche de sus "hijas". Mudo, impasible, viendo pasar el tiempo delante del tiempo, igual que hacemos los loros algunas veces. Igual que hacía años atrás cuando yo era más joven y él igual de viejo. El pastor se levanta con orden aprehendido, me mira de soslayo y emite una leve sonrisa que, a duras penas, parece una realidad. Me deja las sobras de la sopa de tomate que tanto me gusta y, sale del chozo sin dejar de emitir esa enigmática sonrisa de eterno hombre viejo. Sus cabras le esperan y se alborozan cuando presumen su presencia. El pastor mira hacia la guarida donde yo doy fin, vorazmente, al suculento manjar prestado, y me lanza un guiño y una frase ininteligible que el viento de la montaña se encarga de borrar rápidamente. He creído entender que me espera dentro de treinta años. Por supuesto, eso para mí, es un suspiro. El pastor se pierde entre el canchal y las retamas; desaparece como el fantasma de "los joseones". Sé que siempre esperará mi próxima visita, y yo volaré para renovar mi alma y mis ansias de libertad. El pastor es libre. Antes de llegar a mi encina, en el cerro de la coguta, he visto a un hombre completamente desnudo lanzar al aire pequeños trozos de papel. Cada papel tenía un número distinto impreso. Algunos de ellos han trabado mi vuelo. Yo nunca he creído demasiado en el azar.